“La soledad en la enfermedad y en la muerte es un factor de angustia añadido, tanto para el contagiado como para sus familiares. Falta el efecto balsámico de la palabra, «de coger la mano, de la caricia». Esto no solo provoca malestar en el enfermo, sino en sus allegados, «hay una cuestión simbólica fundamental que es despedirse de la mejor manera, de tal manera que la palabra que no pudo decirse dificulta después el duelo si se produce un fallecimiento», explica Manuél Fernández Blanco, psicoanalista y psicólogo clínico en el artículo de La Voz de Galicia https://cutt.ly/gyYiEkm

En estos tiempos oscuros de pandemia las despedidas desaparecen. No podemos acompañar a nuestros enfermos. La única opción es que algún sanitario voluntariamente se preocupe de facilitarnos una llamada. Y bastante estresados están no dando abasto como para tener que además preocuparse en que los enfermos se puedan despedir.

Los tanatorios tampoco permiten velar a nuestros muertos. Y en los entierros sólo se permiten hasta un máximo de dos familiares. Sin Misas. Sin homenajes. Sólo presenciando cómo entierran a tu ser querido en silencio, con mascarillas y guantes.

Todas las culturas en la historia de la civilización tienen ritos funerarios por algo, «porque ante el sinsentido radical que es para nosotros la muerte, la compañía, la cercanía y el poder hablarlo ayuda a poder llevar mejor esa situación», concluye Fernández Blanco.

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